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lunes, 8 de julio de 2013

MARGARITAS A LOS CERDOS


Había una fuente escondida detrás de una aldea que constituía el principal suministro para una veintena de casas cuando el grifo con agua corriente era todavía un lujo que muy pocos hogares de la Galicia rural podían alcanzar. Para llegar al manantial se debía subir por un camino de piedras y sortear el regato que bajaba a toda prisa con los sobrantes. El surtidor estaba empotrado en una montaña escarpada en vertical y el camino por fuerza acababa allí. Ir con el cántaro a la fuente dos o tres veces al día era la principal tarea de las niñas, que ya contribuían desde muy jóvenes a la organización de los trabajos del hogar. Una actividad femenina que muchas veces se veía alterada por la presencia de curiosos que se acercaban a la fuente para sorprenderlas aprovechando el recóndito lugar. Unas veces la presencia de estos sujetos despertada en ellas inquietud, como era el caso de Sorderas, apodado así porque nunca atendía cuando le llamaban. Al principio se creyó que era un poco sordo, pero después la familia llegó a la conclusión de que no quería oír, por eso no respondía cuando se le llamaba. Era un solterón pues no se le había conocido novia y sobrepasaba la treintena. Mientras que la finalidad de la presencia en la fuente de otros visitantes masculinos podría ser charlar por charlar o probar si eran aceptados con vistas a un futuro noviazgo, la de Sorderas constituía un misterio. Solía recostarse en la hierba del camino a unos metros de la fuente. Allí agazapado, a veces saludaba sin ser visto y provocaba el espanto de las mujeres que en estos casos perdían el equilibrio y el cántaro acababa en el suelo, por lo que tenían que volver a llenarlo. En una de esas ocasiones fue cuando sorprendió a Dory, una muchacha de 15 años recién cumplidos, que pegó un grito tan fuerte con el susto que retumbó con eco en la montaña. La joven se enfadó tanto por tener que volver a llenar el cántaro, que le lanzó una piedra cuando localizó al intruso entre los arbustos. La piedra alcanzó a Sorderas en la cara y le abrió una brecha en la ceja izquierda. Sangraba tanto que la niña se apiadó de él y no sabía cómo disculparse para que no se enteraran sus padres de lo sucedido. Desde entonces Sorderas no dejó de frecuentar el manantial de agua con la esperanza de volver a ver a Dory, quien, por el contrario, rechazaba cada vez más hacer este trabajo y siempre buscaba excusas para no ir a la fuente. Cuando se veía obligada a coger el cántaro, le advertía a su madre que sería la última vez, pues había un individuo que no dejaba de decirle cosas y que le daba miedo, especialmente cuando no decía nada. La madre no sabía muy bien si era cierto o no lo que le contaba la hija así que cuando salía por la puerta le aconsejaba: "No des margaritas a los cerdos" y Dory le respondía: "su silencio me asusta más que cuando habla". Un día cuando volvió a casa cargada, la madre se quedó mirándola pensativa y la calmó de esta manera: "Entonces háblale cuanto puedas, pero no le entregues margaritas". La hija le pidió que le explicara el significado de dar margaritas a los cerdos y fue entonces cuando la madre le contó lo del discurso que se oye y el discurso que se lleva dentro. Se lo resumió diciendo: "Tiempo que te dedico, tiempo que pierdo, hablar contigo es echar margaritas a los cerdos, claro que sí, claro que sí, verás lo que tardo en irme de aquí", y que luego sería el título y parte del contenido de una canción que canta Ana Belén.
El cuadro responde a una obra de muy concurrido y estimado público en el museo de Orsay de París.
Sobre la temática del agua traída a cántaros a los hogares, no os perdáis la pelicula La fuente de las mujeres, Francia, 2011.

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